Mostrando entradas con la etiqueta Georges Vigarello. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Georges Vigarello. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de julio de 2008

Elogio de la belleza atlética. En torno a Hans Ulrich Gumbrecht





Publicado en el nº34 de la revista Especulo de la Universidad Complutense de Madrid

Rayco González /UCM

En su última obra, que podríamos designar como panegírico, el filólogo alemán, profesor en la Universidad de Stanford (Estados Unidos), Hans Ulrich Gumbrecht trata de vislumbrar algunas características, grosso modo, del deporte moderno. Evidentemente no es una obra de teoría de la comunicación en el deporte -aunque destaca algunos fenómenos que se observan en el espectador-, ni tampoco de teoría de los juegos aplicada a algún deporte -aunque también se puedan extraer algunos datos interesantes al respecto-, ni siquiera se sumerge en el interesante aspecto conflictual del deporte -aunque es, de estos tres elementos que he querido señalar, al que más se acerca-. Es, como bien queda manifiesto en su título original (In Praise of Athletic Beauty), una alabanza hacia el deportista y el deporte observado como fenómeno puramente estético. Un deporte moderno que, como el propio Gumbrecht apunta, se asemeja más al areté griego que al agón, ya que no se busca el aniquilamiento del otro, sino superar los límites que cada uno se impone a sí mismo. Es la virtud del deportista lo que se busca, y no la eventual lucha entre dos oponentes para demostrarse el uno al otro su intachable superioridad. Digamos que Gumbrecht define, así pues, los deportes modernos como una práctica durativa, lo que él llama “cultura de la presencia”, en oposición a la “cultura del sujeto”. Mientras que en esta última, imbuida por la autorreferencia subjetiva, se da una total confianza en que la mente es la garantía de la existencia humana (Cogito, ergo sum), en aquella otra -por ende, la nuestra- “la autorreferencia humana no excluirá necesariamente a la mente, pero siempre dará importancia primaria al cuerpo” (p. 64-65).

Uno de los aspectos más difíciles del estudio del deporte, y que aún no se ha investigado -al menos que yo sepa-, es el gesto. Podemos buscar interesantes aportaciones en un artículo de Georges Vigarello (Ejercitarse, jugar), recientemente publicado. Por su parte, Gumbrecht se atreve a mencionar esta figura propia del juego, aunque de manera muy breve: “Más que “halo” o “aura”, la palabra “gesto” enfatiza en una concisión específica y un pathos único, que viene de los lugares que el gesto ocupa en una posible narrativa, aunque, al mismo tiempo, se mantienen alejados de tal contexto narrativo” (p.80). El indicio no parece erróneo: enunciación proviene del griego, “movimiento”, y, si nos remitimos al juego mismo, observamos que, como si se tratara de una negociación entre dos individuos, el árbitro podría ser, siguiendo esta analogía, el mediador, que sanciona aquellos movimientos fuera de las reglas cometidos por alguno de los dos jugadores. Digamos que se mantiene entonces una comunicación implícita, donde las acciones de cada jugador, estando enfocadas hacia la victoria, permiten también el goce estético del espectador, donde la cooperación entre los jugadores de cada equipo se presenta fundamental para la aparición de esa belleza. En esta compleja narración, el gesto sería la enunciación misma de intenciones de los jugadores. Pero, es más, Gumbrecht agrega un sentido más allá de una comunicación sugerida encaminada a la consecución de un objetivo, como, por ejemplo, engañar al árbitro; ese otro sentido agregado es el de pathos, que nos llevaría a pensar en la gloria y el honor de cada jugador. Gumbrecht analiza entonces la gimnasia artística y deportiva, observando que las evaluaciones realizadas por el jurado se constriñen siempre al equilibrio en los gestos. He ahí donde radica esta idea del pathos propuesta por el autor. Y tampoco está de más comparar el gesto con el aura, concepto que ha sido muy utilizado en diferentes momentos históricos y con diferentes significados. Aparece en la Biblia, cuando Moisés, Elías y Jesús aparecen transformados en cuerpos brillantes en el monte Tabor; aparece en Benjamin, relacionado con el arte; pero incidiré más en la definición que da Proust, y que se vincula mucho más con la idea que dará luego Gumbrecht:

Il semble que certaines réalités transcendantales émettent autour d’elles des rayons auxquels la foule est sensible. C’est ainsi que, par exemple, quand un événement se produit, quand à la frontière une armée est en danger, ou battue, ou victorieuse, les nouvelles assez obscures qu’on reçoit et d’où l´homme cultivé ne sait pas tirer grandchose excitent dans la foule une émotion qui le surprend et dans laquelle, une fois que les experts l’ont mis au courant de la véritable situation militaire, il reconnaît la perception par le peuple de cette « aura » qui entoure les grands événements et qui peut être visible à des centaines de kilomètres.

Como vemos, la definición de Proust se acerca a la de Gumbrecht cuando, habiéndose aproximado primeramente al concepto de “halo” o “aura” propios del cristianismo, nos dice: “Usando, para el mismo fenómeno, una palabra que fue popular entre los artistas e intelectuales a comienzos del siglo XX, esto es, halo y aura, podemos decir también que, a través de las perspectivas de la victoria o la derrota, del esfuerzo extenuante o de la iluminación inspirada, de la buena o mala suerte, la dimensión del drama nos permite recordar ciertos movimientos atléticos como gestos” (el subrayado es nuestro). Podemos comprobar que la idea proustiana de los grands événements podría delimitar perfectamente el campo semántico en que se inscriben las victorias, las derrotas, el esfuerzo de los deportistas, la iluminación inspirada, y ese gesto no envuelve el evento, como dice Proust, sino que se presenta como el evento mismo, como ese acto que, parafraseando a Gumbrecht, a diferencia del arte que aspira a la eternidad, es único, y que despertará emociones en el espectador irrepetibles, y que determinarán en muchos casos los resultados de muchos enfrentamientos. Y en esto consiste el placer de asistir a los grandes enfrentamientos deportivos...

Todo ello lo condensa el autor en el capítulo 7 de la obra que mencionamos, intitulado “Objetos del placer”, en que hace un breve, aunque sugerente, recorrido por las fascinaciones que él considera fundamentales en el deporte. En el tercer elemento destaca el “mostrar la gracia”: “Por último, la gracia, en tanto objeto de experiencia estética, nos recuerda cómo a veces somos incapaces, felizmente incapaces agregaría yo, de asociar los movimientos corporales con cualquier intención, significado o pensamiento del otro. (…) En la performance del deporte, la secuencia de gestos que permite al atleta superar ciertos límites, están ya “programados” mediante el entrenamiento, de modo que la performance aparece, al final, más separada de los reinos de la conciencia y de las intenciones. Visto desde la perspectiva del disfrute de los espectadores, puede afirmarse que el deseo de los atletas de llevar más allá los límites de su desempeño está subordinado, sobre todo, a la generación de esa gracia de la que hablamos. Desde este punto de vista, entonces, la gracia es, más que nada, un “subproducto” del ser competitivo” (el subrayado es nuestro, p.186-187). Queda manifiesto que Gumbrecht opera en dos niveles discursivos: uno, el estético, vinculado a la gracia en el ejercicio atlético; y otro el de los gestos que exhiben los deportistas en los grands événements, ya sean de signo positivo o negativo. Por otra parte, me arriesgaría a plantear que, no ya solo con respecto a los movimientos corporales, sino que en cualquier fenómeno de significación, los estudiosos se han visto siempre en grandes dificultades para establecer una conexión entre la expresión -sea del tipo que sea- y el contenido. Y el lenguaje gestual no queda exento de esta problemática.

Luego continúa el autor con una efímera inmersión por la biografía de grandes deportistas (Mohamed Alí, Jesse Owens, Babe Ruth, José Leandro Andrade, Mané Garrincha, Pelé, Maradona, etc.), bajo la isotopía de la Gloria y la Caída, como los héroes derrotados por su propia gloria. Y de esta particular forma nos plantea el autor un resumen de la historia del deporte moderno, remontándose a los tiempos de Pierre de Coubertin. Como ya quedó dicho, un libro cuyo afán teórico es muy poco apreciable, aunque, como obra elegíaca, resulta cautivadora, por la sinceridad del autor, que trata de dar explicaciones muy perspicaces sobre ciertos fenómenos del mundo deportivo, que otros autores -como Elias o Vigarello- plantean desde una óptica más histórica. Es por ello una obra recomendable tanto para aquellos que gustan de la gracia deportiva, como para aquellos estudiosos que quieran atreverse a profundizar en la expresión que se ha convertido en la más practicada y seguida de nuestro mundo contemporáneo.

© Rayco González 2008

Aspectos psicológicos del juego


"The loser accepts his loss as part of the game"

Gregory Bateson

Existe en inglés una diferencia notable entre “play” y “game”, que en otras lenguas –entre ellas, el castellano- resulta intraducible. George Herbert Mead, en su obra Mind, Self and Society (1934), sostenía que el “play” se refería a un juego individual, característico de las primeras etapas del desarrollo del niño. El “play” sería el primer tipo de juego que el niño practicaría, y cuya finalidad estaría en la asimilación de roles propios de la sociedad adulta, mediante la mimicry o imitación. En una etapa más madura, el niño comienza a participar en los “games”, donde el niño está obligado a relacionarse con otros participantes y a aprender las reglas del juego. En el “game” –de carácter evidentemente colectivo- el niño comprendería que debe sumirse a las normas de comportamiento (deber hacer) para ser aceptado como participante[1]. Se trata, pues, del paso del juego individual al juego en equipo (Caillois, 1967b : 193).

En cualquier caso, esta breve nota nos sirve para introducir una parte de los aspectos del juego que nos interesa: en el nivel de “game”, según hemos visto, el jugador debe respetar unas normas de comportamiento intrínsecas al juego, pero, para ello, previamente debe haber entendido que se está jugando un juego. En otras palabras, el individuo debe haber discriminado el juego del no-juego para la asunción definitiva de las competencias del mismo.

Paralelamente, en la teoría de Bateson (1972), la discriminación entre el juego y lo que no es juego se sitúa entre los niveles de procesos primarios (que él designa como “nivel metalingüístico”) y los secundarios (“nivel metacomunicativo”). El proceso primario se localizaría al nivel de respuestas automáticas («El sonido ‘gato’ se refiere a cada miembro de tal y tal clase de objetos», o «la palabra ‘gato’ no tiene garras y no puede arañar», según el ya clásico ejemplo de Bateson [1972 : 177-178]), mientras que el proceso secundario nos sitúa en el nivel de una enunciación más compleja (Bateson, 1972 : 178)[2]. En este sentido, las reacciones violentas del juego aún no formalizado se nos presenta como actividad de “respuestas automáticas” (nivel primario) reguladas simplemente por un único objetivo (recordemos el ejemplo del juego de Suresne, a orillas del río Sena, consistente en una batalla (“faire la bataille”) para arrancar el cuello de una oca suspendida en medio del agua a base de dentelladas [Vigarello, 2005a : 269]), mientras que en su mayor grado de codificación los juegos regulan esas respuestas con gran detallismo, formalizando incluso la más leve reacción (respuestas automáticas en la celebración de un gol, como eran “quitarse la camisa”, son ahora sancionadas negativamente por el código de “buena conducta” del juego).

Como sostiene Elias (en Dunning y Elias, 1992) las emociones descontroladas “controladas” (“controlled de-controlled emotions”), aquellas que obedecen a procesos secundarios según Bateson, son propias del juego considerado como deporte –que trataremos en el siguiente apartado: las “respuestas automáticas” se van controlando a través de una regulación más estricta. Pero, sin embargo, las normas consentirían un estado intermedio entre los procesos primarios y los secundarios. Toda comunicación supone la diferencia, en palabras de Bateson, entre el mapa y el territorio (Bateson, 1972 : 180)[3]. En este punto, Bateson observaba la dificultad en ciertas ocasiones de discriminar el marco que él designaba como “esto es juego” (“This is play”) en ciertas clases de juegos (Bateson, 1972 : 182)[4]. El juego plantea en ocasiones confusión a partir de las formas ambiguas de su expresión: un mordisco que significa dentellada pero que no es dentellada[5]. Bateson entiende que la premisa “esto es juego” se sitúa en el nivel metacomunicativo, donde el mapa y el territorio pueden ser discriminados (“map and territory […] can be discriminated” (Bateson, 1972 : 185). Al mismo tiempo, hay algo que nos impide una clasificación tan rígida del juego: en ocasiones, el mapa y el territorio –el juego y el no-juego- son identificados por los participantes dentro del marco[6] del mismo, en el que se puede observar un cierto “efecto de realidad”: lo que se pone en juego representa siempre el honor de los jugadores, algo que parece estar más allá del valorotorgado a las cosas en la vida corriente de los jugadores (Bateson, 1972 : 182-183)[7]. En ese nivel intermedio entre el nivel metalingüístico y el metacomunicativo, siguiendo la terminología de Bateson, donde las chips pueden aún ser confundidas con dinero se sitúa el juego (Bateson, 1972 : 183)[8]. Quizás porque ese aspecto de “vida real” o de “seriedad” el jugador no aspira a perderlo, sustituyéndolo por una apariencia lúdica, sino a intensificarlo.

De todas maneras, debemos aceptar algunas características del juego a nivel individual, que ya propusieran en su momento Huizinga (2004) y Caillois (1967a). Primero, el juego es una actividad libre[9].

Este carácter libre se vincula directamente con su carácter improductivo. En su explicación, Huizinga evita a toda costa dar al juego una explicación determinista, mediante explicaciones biológicas, que justificarían la existencia del juego con la necesidad de preparación para la vida corriente. Y ello en cuanto que el juego en el ser humano, dado la gran cantidad de reglas que implica y sus convenciones (Caillois, 1967a : 42-43), debe ser explicado como función cultural. En definitiva, además de darse en una esfera separada –dentro de unos límites de tiempo y espacio preciso y prefijados (Caillois, ibidem)-, no conlleva la creación ni de bienes ni de riqueza alguna, salvo movimiento de estas.

Por otra parte, al desarrollarse dentro de una esfera aparte de la vida corriente, el juego instaura un nuevo sistema de convenciones que suspende la ley ordinaria, sustituida por una legislación particular para cada juego, que será aceptada necesaria y libremente por los participantes (Caillois, 1967a : 43).

Lo difícil es admitir que el juego sea una actividad ficticia, siempre “acompañada de una conciencia específica de realidad secundaria o de franca irrealidad en relación a la vida corriente” (Caillois, 1967a : 43) [traducción nuestra][10], dado que, como nos señala Bateson (1972), quien juega es como si estuviera en un sueño: muy difícilmente admitirá que unas chips no son unos cuantos dólares. Y es en ese territorio entre lo serio y lo divertido donde hallamos, sin duda, la posibilidad de explicar el deporte.



[1] En esa etapa donde el adolescente descubre el game ha buscado Ortega y Gasset (1946) el origen de la política y la convivencia: los sentimientos de comunidad aparecen, según él, en la pubertad, coincidiendo con la aparición de los juegos en común (Ortega y Gasset, 1946 : 618-619). Concluye nuestro filósofo observando, pues, en el joven la existencia de sentimientos y prácticas que antes han de darse en el grupo en que éste se inscribe: “el primer impulso de pubertad aparece en el grupo antes que en el individuo” (Ortega y Gasset, 1946 : 615) [el subrayado es nuestro].

[2] “Reconocer que otro individuo generan sus propias señales, que pueden ser creías, dudadas, falsificadas, negadas, amplificadas, corregidas, y así sucesivamente” [traducción nuestra] (“to recognize that the other individuals generate its own signals, which can be trusted, distrusted, falsified, denied, amplified, corrected, and so forth”).

[3] Bateson recuperaba así una metáfora realizada por el psiquiatra Korzybski, quien explicaba así la aparición del lenguaje como un sistema denotativo: “un mensaje, del tipo que sea, no consiste en los objetos que denota (…). Más bien, el lenguaje se guarda con los objetos que denota una relación comparable a la que mantiene el mapa con el territorio. La comunicación denotativa, como ocurre en el nivel humano, es sólo posible después de la evolución de una compleja red de reglas metalingüísticas (aunque no estén verbalizadas) que determinan cómo han de relacionarse las palabras y las frases con los objetos y acontecimientos” [traducción nuestra] (“a message, of whatever kind, does not consist of those objects which it denotes (“The word ‘cat’ cannot scratch us”). Rather, language bears to the objects which it denotes a relationship comparable to that which a map bears to a territory. Denotative communication as it occurs at the human level is only possible after the evolution of a complex set of metalinguistic (but not verbalized) rules which govern how words and sentences shall be related to objects and events”).

[4] “El tipo de juego que es construido no sobre la premisa «esto es juego» sino más bien alrededor de la pregunta «¿es esto un juego?»(“the game which is constructed not upon the premise «This is play» but rather around the question «Is this is play?»”).

[5] En el ejemplo de Bateson tomado de sus observaciones de comportamientos en chimpancés en el Fleishhacker Zoo de San Francisco (Bateson, 1972 : 179)

[6] “Every metacommunicative message is or defines a psychological frame” (Bateson, 1972 : 188).

[7] “Los jugadores de poker alcanzan el estado de un extraño realismo adictivo al igualar unas “chips apostadas en el juego” con dinero. Insisten, sin embargo, que cada uno debe aceptar su pérdida como parte del juego” [traducción nuestra] (“poker players achieve a strange addictive realism by equating the chips for which they play with dollars. They still insist, however, that the loser accept his loss as part of the game”).

[8] Es como en el sueño o en una pesadilla, nos dirá Bateson, donde “un hombre experimenta intensamente un terror subjetivo (…) cuando cae precipitado desde una cima creada por su mente bajo la intensidad de la pesadilla” [traducción nuestra] (“a man experiences the full intensity of subjective terror (…) when he falls headlong from some peak created on his own mind in the intensity of a nightmare”, y ello porque en ese momento no hay “questioning of reality, but still there was no spear in the movie house and no cliff in the bedroom”).

[9]El juego por mandato no es juego, todo lo más una réplica, por encargo, de un juego. (…) Naturalmente que en este caso habrá de entenderse libertad en un amplio sentido, que no afecta para nada al problema del determinismo. Se dirá: tal libertad no existe en el animal joven ni en el niño; tienen que jugar porque se lo ordena su instinto y porque el juego sirve para el desarrollo de sus capacidades corporales y selectivas. Pero al introducir el concepto instinto no hacemos sino parapetarnos tras una x y, si colocamos tras ella la supuesta utilidad del juego, cometemos una petición de principio. El niño y el animal juegan porque encuentran gusto en ello, y en esto consiste precisamente su libertad” (Huizinga, 2004 : 20).

[10] “accompagnée d’une conscience spécifique de réalité seconde ou de franche irréalité par rapport à la vie courante”